17/7/14
El trabajito de...
Hoy me quedé pensando... Un chico se me acercó y mientras trabajaba me preguntó si yo había elegido hacer esto. Parecía compadecido de mi, y me divirtió.
Seguro que para un nene, que piensa en ser astronauta o bombero, ser masajeador de manos en un crucero es el trabajo que nadie quiere hacer.
En realidad sí amo las manos, me parecen una de las partes del cuerpo de las personas más dulces. Las manos de papá que te alzaron, las de mamá que te ayudaron a caminar, las de la maestra que te corrigió.
Y son todas tan diferentes, hacen tantas cosas. Las de un anciano mientras te cuenta experiencias pasadas, o las de un repostero terminando el último detalle de una torta. Las de un violinista enamorado o un escritor deprimido.
Cada mano hay que masajearla diferente, con cuidados diversos según la cara del que las tiene. Al principio me costaba, pero ahora fácilmente leo lo que le gusta y lo que no le gusta a las personas.
Los dedos y las personas son las maravillas más grandes que existen en el mundo para mi, por eso me gusta verlos felices en conjunto. Cuando uno masajea no solo hace eso, también escucha, responde. Los dolores en las manos tienden a ser más psicológicos que físicos. Yo no soy un psicólogo, pero todos encontramos gustos cuando alegramos al otro.
Entonces uno ayuda a estar bien a los tres juntos: mano-persona-mano. Eso es una alegría para mi, ver al cliente alegre con sus manos, no importa cuántos dedos tengan o qué tanta movilidad les quede. Una persona feliz con sus manitos es una persona feliz con lo que vaya a hacer.
Después de todo, seguro que es una de las partes del cuerpo que más miramos e ignoramos.
