4/7/14

Mil y un

Hace no más de dos días desde que me mudé a esta cabañita desolada y hoy recibí mi primera visita. Un chico normal a simple vista, pelo azul, ojos naranjas, la piel muy blanca y dos simpáticas alitas de muchos colores que le salían de atrás de las orejas. Lo extraño fue que no me saludó cuando abrí la puerta.
-Tenés muchos dientes de león en tu patio delantero - dijo directamente- ¿Alguna vez los usaste para ensaladas?
Parecía un tipo maduro hasta que habló. Ahora para mi era un nene, sobre todo después de que alzó una mano, cerrada con una fuerza orgullosa alrededor de muchos dientes de león.
- No, nunca había escuchado de alguien que los usara…
- Ah, son muy buenas… Si me dejás pasar te enseño una receta.
Cualquier otro día yo hubiese cerrado la puerta o llamado a la policía. Pero esta mañana el pastor había predicado sobre el dar sin miedo, y para evitar caer en la hipocresía no sólo lo dejé pasar y enseñarme, sino que también preparé té para acompañar la ensalada.
- ¿Cómo te llamás?

Tuve que comenzar a hablar, porque él no había hecho una sola pregunta desde la de los dientes de león.
- Elías.
- Yo me llamo Conrado.
Él asintió muchas veces, como si ya supiera. Se veía agradecido, pero no siguió la conversación.
- ¿Dónde vivís, Elías?
- En todos lados y en ninguno. En realidad no concuerdo con el concepto de propiedad privada.
- ¿Te dedicás a algo?
- Bueno, sí, Mi misión es la de cultivar a las personas y ayudarlas, con especialización en lugares públicos.
Siguió comiendo hasta que me vio la cara de confundido. Tuvo que explicarme.
- Bueno, es complicado. Por ejemplo, hoy guiié a un grupo de ancianitas que se habían perdido e iban al festejo de un cumpleaños de cien. Cuando llegaron, una me dijo que se había olvidado a su nieta en la plaza. Se la veía muy relajada, pero yo me subí a la bici enseguida. La pobrecita estaba llorando en el medio de un arenero. Me costó hacer que me acompañara, pero al final la pude llevar. Después mi Señor me dijo que fuera hasta la plaza Velez Sársfield. En el camino me crucé a un hombre que perseguía al amor de su vida, pero como no iba a llegar a ese paso le regalé mi cibi, y creo que hice bien, porque después, cuando me venía para acá…
Me tenía atrapado en el relato, así que me molestó que se interrumpiera. Bostezó y se desperezó.
- Ahora que lo pienso, hoy fue un día agotador.


Terminé arropándolo en mi cama y durmiendo en el sillón. Ahora me doy cuenta de que fui engañado como el tipo de las mil y un noches, sólo que por un ángel.