16/7/14

¿Y Fufu?

¡Ya sé! No me hagas sentir culpable ni me presiones. Se me hace difícil pensar bajo presión... Y bajo no presión también pero la cosa es que trabás el fluir de mis pensamientos. Alejate, necesito concentrarme. 

Pucha esta vez en serio arruiné todo. Tengo que ver cómo lo arreglo. La vieja me va a querer matar, pero yo no quise incinerar a su gato. 

Si me escapo ahora, no cobro; si espero a que llegue, va a ver que asesiné a Fufu. 
¡Qué moquero! Cómo se me va a ocurrir prender un cigarrillo con la cola de Fufu al lado. Tengo la mano inflamada y roja, pero no puedo parar de mirar esa bola de carbón que antes era un gato. ¡Qué hago! Lo peor es que se demoró como quince minutos en morir. Ya está, Conrado, pero hubiese sido inutil una intervención: era demasiado peludo como para sobrevivir. 

Podría buscar un gato igual... Pero no existe en todo el país uno tan demacrado como lo estaba Fufu. Sin ojos, con el pelo enredado, inválido de atrás. Sería una tortura convertir a cualquier otro gato en Fufu, crearía otro monstruo. 
Me acuerdo de que apenas lo conocí me asusté y me da risa. Se me está acabando el tiempo. 
Analizo las posibilidades, absolutamente todas. Desde el suicidio hasta hacerle creer a la señora Gonzáles que Fufu está, pero ella no lo puede ver. Un amigo me contó que le sirvió una vez esa excusa... Tengo que apurar los pensamientos, no voy a hacer eso, pobre señora. 
Ya está, me voy y no cobro. En el ascensor me pongo nervioso, porque en cualquier momento podría cruzarme con la señora Gonzáles... 
- Conradito, ¿a dónde estás yendo tan apurado? ¿Fufu está solo en la casa? 
Estaba tan cerca de concretar la huida. Justo en la puerta del edificio me la tengo que cruzar. Jorobada y mirándome hacia arriba, atrás de esos prismas gigantes. 
- Fufu tenía ganas de comida especial, así que salí a comprarle un po... 
De a poco se comenzaron a bajar de la combi muchas de sus compañeras. Todas recién vueltas del retiro espiritual;, me miraban con cierto nervio. A los dos segundos ya estoy rodeado de lentes gordos y polleras largas. 
- Fufu está solo en casa... 
Todas se empezaron a escandalizar. 
- ¿Fufu solo? 
- ¡Fufu no puede estar solo! 
- ¡Fufu va a morir! 
- ¿Fufu murió? 
- ¡Veo a Fufu en ese techo! 
- ¡Fufu se escapó! 
- ¡Miren a Fufu! ¡Se escapó! 
Yo sigo buscando un hueco entre tantas carteras y uñas pintadas, hasta que una me señala y grita: 
- ¡El jovencito dejó que Fufu se escapara! ¡Es un asesino! 
La señora Gonzáles rompe en llanto. 
- ¡Damas, ataquen, como aprendieron en el retiro! - grita doña Luisa desde atrás mío. 
- ¿Qué? 
Una con el tamaño y la contextura de un hombre mandó el primer carterazo y casi me descoloca la mandíbula. 
El segundo golpe pareció ser una patada que me pegó justo en la nuca. Ahí caigo al suelo y pierdo conciencia, entre los llantos de Gonzáles y los gritos de guerra de las demás.

Ahora estoy en el médico, con el brazo quebrado y una prótesis en el cuello. 
Al acordarme me incorporo, con miedo. Los médicos intentan calmarme, no puedo. 
Comienzo a temblar y siento el perfume de Gonzáles en todos lados. 
Dejé a Fufu carbonizado arriba del sillón.