Inspirar acá sentado
es como llenarse los pulmones de plomo. Señora, ¿usted no está asfixiada
también? ¿Cómo puede distraerse con el televisor, si nos morimos de a poco en
la espera?
El hombre de al lado
mastica el chicle demasiado fuerte y la secretaria no puede parar de comer
caramelos. Deja el teléfono sonando para pelar uno y llevárselo a la boca.
Podía ser una urgencia, pero se ve que ella necesitaba el caramelo para vivir.
Las manos no me entran en calor, y esa loca de la nutricionista se piensa que todo lo que pasa en mi cuerpo es porque no como. Estoy así porque hace un grado bajo cero, comí bien durante la semana.
Entrar en su
consultorio es como una especie de laberinto del minotauro lleno de trampas
para animales, nunca sabés cuándo puede saltar una y cazarte el pie. Esa
desgraciada acomoda todo tan perfectamente, hace parecer las cosas tan lindas. Se piensa que uno no se da cuenta de que toca
las costillas cuando abraza, y de que te mide el diámetro del brazo cuando te
hace un cariñito.
Lo peor es que estoy
segura de qué va a hacer hoy, no entra ni una duda. Me va a derivar para que
comience una terapia grupal, con un montón de gente que según ella son iguales
a mi. Que va a ser lindo, que vamos a poder compartir.
Compartir técnicas
para vomitar mejor cuando terminemos de engañar a los nutricionistas, habrá
querido decir. Si se sabe que el 90% de los que entran salen y peores, es como
la cárcel, y yo no quiero entrar al círculo. No quiero pero ella sí, porque de
esa forma se asegura una cuota mensual. Ya va a ver la desgraciada, porque
tengo un As bajo la manga.
Meto la mano en el
bolsillo para sentir la forma de mi arma, un frasquito con cianuro. Hace
semanas tiro cianuro en su vaso de agua cuando no mira, y esta es la última
dosis que me hace falta para dejarla hecha un trapo. La secretaria llama y me
levanto rápido, aunque tenga frío y las piernas cansadas. No necesito haber
comido en las últimas horas para poder saborear ese dulce de la victoria.