3/7/14

Obkafkiano

Hoy entro a su pieza por primera vez desde su extraña desaparición. No lo hubiese hecho de no ser porque necesito mis zapatos.
Cuando me acerco a la cama para alzarlos veo su diario, abierto sobre la cama. Sería inhumano resistir la tentación, y en cualquiera de los casos mi tio no va a volver.
Necesito saber qué pasó esa última noche, y el relato comienza así:

"Escribo esto rápido, en una situación muy extraña. Mi letra poco a poco pierde claridad, pero les aseguro que mi mente no, y necesito que esto se sepa.
Me levanté como cualquier día, con frío y dispuesto a ponerme las patuflas. En ese momento vi los zapatos de mi sobrino, y no entendí. Nunca antes él había entrado sin permiso, menos cuando volvía cansado después de horas en el laboratorio.
Me despisté del hilo que estaba cosiendo por un ruido en el patio. Corrí las cortinas y tuve que taparme los ojos por el sol.
En ese momento me di cuenta, mis manos ya no existían. Del susto me toqué el pecho, pero tampoco me encontré con un pecho humano. Ni mis pies, ni mis ojos, ni mi boca, ¡qué me había pasado!
Cuando quise gritar del horror, entendí lo que había pasado. En lugar de un alarido humano, mi garganta soltó un largo: COCOROCOCOOOOOOO.
Pensé que era un sueño, pero mis pechugas se sentían tan reales y  mis plumas cocorocotan suavesque no cabía duda. Estoy perdiendo cococoroc mi poder de cocomunicación.
Al lector, cocorole pido sólo, no que deje de cocomer pollo, porque es muy cocoricococoro. Pero que cada vez que colo cohaga se acuerde de cocorocococorocoor. Cocorococo. cororcooc…"

Los cocorococós se alargan por páginas enteras, con letras poco a poco menos comprensibles. Yo cierro el diario, alzo mis zapatos y bajo las escaleras. Mamá me está llamando para comer pollo al disco.