Hoy entro a su
pieza por primera vez desde su extraña desaparición. No lo hubiese hecho de no
ser porque necesito mis zapatos.
Cuando me acerco a
la cama para alzarlos veo su diario, abierto sobre la cama. Sería inhumano
resistir la tentación, y en cualquiera de los casos mi tio no va a volver.
Necesito saber qué
pasó esa última noche, y el relato comienza así:
"Escribo esto rápido, en una situación muy extraña. Mi letra poco a poco pierde claridad, pero les aseguro que mi mente no, y necesito que esto se sepa.
Me levanté como
cualquier día, con frío y dispuesto a ponerme las patuflas. En ese momento vi
los zapatos de mi sobrino, y no entendí. Nunca antes él había entrado sin
permiso, menos cuando volvía cansado después de horas en el laboratorio.
Me despisté del
hilo que estaba cosiendo por un ruido en el patio. Corrí las cortinas y tuve
que taparme los ojos por el sol.
En ese momento me
di cuenta, mis manos ya no existían. Del susto me toqué el pecho, pero tampoco
me encontré con un pecho humano. Ni mis pies, ni mis ojos, ni mi boca, ¡qué me
había pasado!
Cuando quise gritar
del horror, entendí lo que había pasado. En lugar de un alarido humano, mi
garganta soltó un largo: COCOROCOCOOOOOOO.
Pensé que era un
sueño, pero mis pechugas se sentían tan reales y mis plumas cocorocotan suavesque no cabía
duda. Estoy perdiendo cococoroc mi poder de cocomunicación.
Al lector, cocorole
pido sólo, no que deje de cocomer pollo, porque es muy cocoricococoro. Pero que
cada vez que colo cohaga se acuerde de cocorocococorocoor. Cocorococo.
cororcooc…"
Los cocorococós se
alargan por páginas enteras, con letras poco a poco menos comprensibles. Yo
cierro el diario, alzo mis zapatos y bajo las escaleras. Mamá me está llamando
para comer pollo al disco.